En una sociedad que se auto-gobierna: gente auto-organizandose en un plano de igualdad sin líderes ni jefes; control directo democrático de las areas de trabajo, vecindarios y escuelas, asociados con otras comunidades e intercambiando bienes y servicios gratuitamenta. Las personas dan lo que pueden a las comunidades y toman lo que necesitan. Una sociedad que crea un balance con la naturaleza en vez de apoderarse de ella. Sobre todo, anarquía es una sociedad donde el control no es centralizado, asi teniendo todos poder sobre nuestras propias vidas y comunidades cooperativamente.

Si me preocupara el sentido atribuido comúnmente a ciertas palabras y dado que un error vulgar ha hecho de “anarquía” el sinónimo de “guerra civil”, tendría horror del título con que he encabezado esta publicación, porque tengo horror a la guerra civil.

Al mismo tiempo, me honra y me complace no haber formado parte nunca de un grupo de conspiradores ni de un batallón revolucionario; me honra y me complace porque esto me sirve para establecer, por una parte, que he sido bastante honesto para no engañar al pueblo, y, por la otra, que he sido bastante hábil para no dejarme engañar por los ambiciosos. He visto pasar, no puedo decir que sin emoción, pero al menos con la mayor calma, a fanáticos y charlatanes, sintiendo piedad por los unos y sumo desprecio por los otros. Y cuando, después de esas luchas sanguinarias -habiendo constreñido mi entusiasmo a no moverse sino en el estrecho marco de un silogismo-, he querido hacer cuenta del bienestar que había traído cada cadáver, he encontrado cero en el total; y cero es nada.

Un gobierno es creado. En el mismo instante en que el gobierno es creado tiene sus criaturas, y, en consecuencia, sus partidarios; y en el mismo momento en que tiene sus partidarios, tiene también sus adversarios. Y este solo hecho fecunda el germen de la guerra civil, porque es imposible que el gobierno, investido de todo su poder, obre del mismo modo respecto a sus adversarios que a sus partidarios. Esimposible que aquéllos no se vean favorecidos y que éstos no sean perseguidos. Por lo tanto, también es imposible que de esta desigualdad no surja pronto o tarde un conflicto entre el partido de los privilegiados y el partido de los oprimidos. En otras palabras, una vez que el gobierno se ha constituído, es inevitable el favoritismo que funda el privilegio, que provoca la división, que crea el antagonismo, que determina la guerra civil.

Por lo tanto, gobierno es guerra civil.

No hay camino intermedio. Es el egoísmo el que es de derecho o lo es el robo; es necesario que yo me pertenezca o es necesario que caiga en posesión de algún otro. Es inadmisible pedir que yo reniegue de mí mismo en provecho de todos, porque si todos deben renegar de sí como yo, nadie ganará en este estúpido juego más de lo que ya habrá perdido y, en consecuencia, quedará igual, es decir, sin provecho. Evidentemente, esto haría absurda la renuncia inicial. Y si la abnegación de todos no puede beneficiar a todos, necesariamente beneficiará a algunos en particular. Entonces, estos últimos serán los dueños de todo y también, probablemente, los que se dolerán de mi egoísmo. Pues bien, que se fastidien.

Cada hombre es un egoísta; quien deja de serlo se convierte en un objeto. El que pretende que no necesita serlo, es un ladrón.

La política no ha enseñado nunca a nadie el medio de ganarse honradamente su pan; sus preceptos no han servido más que para estimular la poltronería y dar coraje al vicio. Por lo tanto, no nos habléis más de política. Llenad vuestras columnas con estudios económicos y comerciales; decidnos qué se ha inventado de útil; qué se ha descubierto en cualquier país que sea material o moralmente provechoso para el acrecentamiento de la producción y el aumento del bienestar; tenednos al corriente de los progresos de la industria, de modo que encontremos, a través de estas informaciones, el modo de ganarnos la vida y de vivirla en un ambiente confortable. Todo esto nos importa mucho más que vuestras estúpidas disertaciones acerca del equilibrio de los poderes y sobre la violación de una Constitución que -hablando francamente- ni aún virgen me parece muy digna de mi respeto.

Sacado del libro A. Bellgarrige – Manifesto y de Encerrados por querer ser libres