Para quien ha vivido plenamente, para quien ha aprendido a vivir, la muerte es un momento precioso, la cúspide de la vida. Para quien ha “vivido para vivir”, o “vivido para morir”… que es lo mismo, la muerte es la cúspide de la realización interior.

En cambio, para quien vive sólo “por vivir”, el pensamiento de la muerte genera un conflicto íntimo, miedo, depresión… o una apatía resignada en el mejor de los casos.

Ya lo dijo el poeta “¿quien hay que intente reinar viendo que ha de terminar en el sueño de la muerte…?” Y es que la muerte es un gran sueño para quien vive en el “sueño de la vida”. Digo “el sueño de la vida” y si quieres puedes leer el resto del “Monólogo de Segismundo” de Calderón de la Barca, por ejemplo la parte en la que dice “sueña el que a medrar empieza, sueña el que afana y pretende, sueña el que agravia y ofende, y en el mundo en conclusión, todos sueñan lo que son, aunque ninguno lo entiende”.

Tal vez, en verdad, no entendamos lo que es la vida… Quizás pienses que tienes una buena vida. Estás en tu derecho; no voy a contradecirte en algo que no conozco bien, pero me quedé reflexionando con Calderón… Una buena esposa, hermosos hijos, una linda casa, es suficiente para algunos y tal vez sea suficiente para ti. Sin embargo yo pienso que deberíamos ser un poco más exigentes, pero, naturalmente, no estoy hablando de más hijos o una casa más grande…

Tampoco estoy hablando de buscar “un sentido” a tu vida. La vida es algo demasiado fundamental para que tengas que buscarle un sentido. La vida ya tiene un sentido, estés tú ahí o no. Entonces tienes que buscar “el sentido” de la vida. Y como eres tú el que estás viviendo, entonces debes buscar “el sentido de tu vida”.

¿Aprecias la diferencia? No es un juego de palabras, así que espero haberme hecho entender.

Voy a pedirte entonces que te traslades a los tiempos de tu primera infancia, cuando apenas podías caminar y aún te orinabas en los pañales. Tal vez puedas volver a sentir un “gusto”, un “sabor psicológico” muy especial. Cuando eras niño te “sentías vivo”.

Y quizás puedas recordar un llanto muy particular; acaso todavía esté en tu memoria. El llanto desgarrador de cuando percibiste, sentiste, descubriste que no eras inmortal. Cuando descubriste que ibas a morir.

En realidad no es que hasta ese momento hayas sido un tonto o un ignorante. Es que hasta ese momento no ibas a morir… Y si puedes ir aún más allá (sé que no es tan sencillo), cuando te “sentías vivo”, no estabas equivocado: estabas vivo y no ibas a morir.

Pero entonces, en algún momento empezaste a “vivir por vivir”, a “vivir la vida” como solemos decir, con tus apegos, tus preocupaciones, tus pasiones, tus temores… Y entonces, en ese momento, dejaste de ser inmortal.

No estoy hablando del cuerpo, claro; muchos niños pequeños mueren diariamente en el mundo y aún antes de nacer. Estoy hablando de la esencia inmortal, esa que conocía y manejaba tu vida, esa que no necesitaba “buscar un significado” porque conocía el “por qué”, el “para qué” y el “cómo”.

Entonces, de a poco, tu ego y tu personalidad empezaron a “vivir por vivir”. Jugaste, lloraste mucho, fuiste a la escuela, estudiaste, trabajaste, ¿estás ahí?… bueno, sigo: te casaste, viajaste, ¿estás ahí?… bueno, sigo otra vez: te divorciaste, te ascendieron, te volviste a casar ¿sigo o es suficiente?

Un día te dices: ¿para qué hago todo esto? Y allí comienzas el camino de regreso, porque sabes que vas a morir y no sabes para qué estás viviendo.

Aquí es el punto exacto en que debes comenzar a vivir para morir. Es el momento en que comienzas a regresar a la esencia de tu vida. Y, si te dedicas a morir, lo cual es un intenso y titánico trabajo, regresas a aquellos momentos en que eras libre, puro, auténtico, consciente, inmortal…

De esa manera, mientras te acercas a la muerte, si aprendes a vivir como lo hacías antes, cuando eras un niño pequeño, te dedicas a morir en todo lo que te había apartado de la vida y de esa forma te acercas a la vida. “Morir para vivir”, de eso se trata, eliminado todo aquello que te hace ignorante, débil, triste, iracundo, miedoso, pasional, etc. En definitiva eso que llamamos “ego”.

Buscas lo que no es permanente, lo que caduca; lo comprendes y lo eliminas. Entonces sólo queda aquello que vive, la vida misma, eso que sentías cuando eras un niño pequeño, mientras tu mamá te rezongaba por tirar el chupete al piso…

Pero además, de esta manera, cuando vuelves a ser libre, eres también sabio. Cada vez que te conoces en un pequeño ego, cada vez que te liberas de uno de esos enanitos de Gulliver, conoces un poco más de la vida. ¿No es maravilloso? La vida, que no te necesita, que “es” más allá que tú estés o no, te dio sin embargo tu oportunidad: la oportunidad de ser sabio. ¡Otra vez inmortal… y ahora sabio!

La sabiduría te enseña entonces que la muerte es el merecido regreso a casa. Para el hombre común y corriente, en cambio, es sólo una tribulación en el inacabable transitar de la existencia..

Via praxisespiritual