Algún día, finalmente, se sabrá la verdad tan celosamente guardada: la homosexualidad NO ES NADA. No lo era en un principio y no lo será en el futuro. Cuando saquemos del medio todos los incendios, y todas las torturas y todas las mentiras y todo el odio y toda la ignorancia y todo el prejuicio, descubriremos que no hay NADA.

Aprendí después de este viaje alucinante que un porcentaje siempre más o menos similar de la población, a lo largo de los siglos, en todas las culturas, en todos los continentes, ha sentido un ansia más o menos similar a la mía.
Eso es, con muchos de ellos, lo único que tengo en común. Sin embargo, como ese ansia muchas veces fue y continúa siendo castigada irracionalmente -esto debería quedar claro, irracionalmente- nos hemos convertido en una inmensa minoría que al ansia original, le hemos debido agregar otros rasgos comunes.

Aprendimos a mentirnos primero, a mentir después. A escondernos, a desvalorizarnos, a despreciarnos. A no confiar en nuestra familia más cercana (sostengo que es imposible para cualquier heterosexual, incluso el más abierto, saber lo que eso significa. Los nenes negros, los nenes judíos, siempre tuvieron en su casa un lugar en donde resguardarse de las estúpidas ofensas externas. El primer lugar en donde un nene homosexual es ofendido es en su propia casa. Tu hijo, ¿cuenta con vos?. A no hablar. A aceptar resignadamente que las cosas son así. A avergonzarnos de cada gesto íntimo.

No era nada, y después fue pecado (no fue Dios, fue un grupo de personas el que lo decretó). Y después fue una enfermedad (tan arbritaria que un día dejó de serlo), y también fue un delito (usado siempre discrecionalemtne). Y después fue todo junto: pecado, enfermedad y delito. ¿Cómo reaccionar, teniendo en contra la religión, la ciencia, y el Estado?

El día en que nació el concepto de “orgullo gay”, comenzó a frenarse la injusticia. Enorgullecerse de eso que buscan que te avergüences fue el dique contra el avasallamiento con que la mayoría se relacionó con nosotros.

“Qué necesidad tienen de contarlo?”. Preguntan algunos todavía. Como si pudiésemos existir sin decirlo. Sólo al nombrarnos existimos. Hay algunos que no se dan cuenta de que no quieren que nos nombremos porque no quieren que existamos.

“Si todos fueramos homosexuales, la humanidad no tendría futuro”. Es mentira, los homosexuales no somos estériles. Pero no es el punto. Nunca, ninguno de nosotros, pidió que todos fueramos iguales. Eso es un delirio de algunos heterosexuales. A nosotros no se nos ocurre que todos deberían ser como nosotros. A muchos heterosexuales SÍ.

Desorientados frente a nuestro orgullo y nuestro avance, algunos heterosexuales piden comprensión . “No comprenden lo que nos pasa a nosotros?”, preguntan, asombrados de que nos neguemos a pedir permiso a existir. Suelo exagerar, pero me imagino al torturador diciéndole al torturado en la camilla de tormentos: “No te quejés, ¿no entendés lo que me pasa?¿Te parece que es fácil verte así sangrando? EL mundo está demasiado raro, los hijos gay son los que tienen que terminar entendiendo a sus padres. ¿Cómo pueden pedir eso?

– Viejos, quería decirles que estoy de novio.
-Qué alegría, nene!! ¿Con un chico o con una chica?
Algún día va a ocurrir. Me gustaría estar ahí. Por eso escribí este libro. Porque la homosexualidad volverá a ser lo que nunca debió dejar de ser: NADA.

Extracto del Libro: “Historia De La Homosexualidad En Argentina”, Por Osvaldo Bazan, Epilogo

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