El tiempo de Hsü, La Espera, es el tiempo de Kayrós, diferente al de Cronos. Es un espacio interno, psicológico, del alma, no se trata del tiempo cronometrado por el reloj, ni por ningún objeto de medición externa.

El tiempo de Kayrós es el de la “paciencia”, el de los pacientes, pues toda curación tiene su propio tiempo interno.

No empujamos el río para que fluya más rápido, ni golpeamos el árbol para apurar la maduración de sus frutos, simplemente “esperamos” y al mismo tiempo continuamos haciendo nuestra vida. De pronto nos sorprenden los anaranjados, los rojos o los morados.

Solemos otorgarle mayor relevancia “al hacer”, al movimiento, a la energía yang, sumando a ello nuestras pasiones yoicas: control, inseguridad y ansiedad. A veces puede ser más importante  no hacer y aguardar, lo cual no implica abandonar la meta, o ser negligente. Si confiamos en que las leyes del cosmos se cumplen siempre, nos sentiremos más protegidos y más libres internamente.

El I Ching aconseja esperar en “un lugar agradable, comiendo y bebiendo” porque si la espera es tensa y dolorosa, cuando llegue aquello que tanto ansiábamos, posiblemente nos encuentre  exhaustos y ya no nos sirva.

El tiempo de espera, es de los fuertes. Uno de los aspectos más importantes que denotan madurez, es “la paciencia”.  El destino se cumple por sí solo luego del período de la inacción. Es necesario aguardar que llegue la oportunidad, que pase el peligro, que se curen las heridas y todo ello implica templanza, fortaleza interior, madurez.

El tiempo de espera debe estar plagado de contemplación, a través de la cual recibimos la energía cósmica, la sabiduría de la conciencia superior.

El presagio siempre es feliz si logramos apelar a la paciencia. Aguardar implica cultivar el aquietamiento, hasta que sea propicio “cruzar las grandes aguas” y lograr nuestro objetivo cuando estemos listos para ello.

La Espera no es una esperanza vacua sino que alberga la certidumbre interior de alcanzar su meta.

Sólo hasta que tienes el valor de encarar las cosas tal cual son, sin ilusiones ni desencantos, es que una luz surge de la realidad y te permite reconocer el camino de la realización. A este reconocimiento deberán corresponder acciones resueltas y perseverantes. Porque sólo el hombre que enfrenta su destino con resolución es capaz de tomar su devenir en mano: entonces podrá cruzar las grandes aguas, y será capaz de tomar las decisiones necesarias y sobreponerse al peligro.

Las nubes se hacen del cielo y esto es un signo de que va a llover. No hay nada que hacer entonces, salvo esperar que caiga la lluvia. Lo mismo en la vida, cuando el destino se está preparando. Todavía no aún no ha llegado la hora, por tanto uno no debe interferir ni forzar innecesariamente las cosas. Calladamente, hay que fortificar el cuerpo con comida y bebida y la mente con contento y buen ánimo. Es destino llega por sí mismo: entonces uno está listo.

Gracias a Flora Cajiau por compartirlo, una memoria muy interesante y que deja mucho que pensar…